Revista Grao

El A, B, C, de la Casa de Baños - 2011

Hoy en Abril del 2011, hoy en que ya es un sueño, un recuerdo para muchos de los jóvenes que nos vienen recogiendo el testigo, en la carrera de relevos de la vida, repito, es un sueño que en cierta ocasión en la playa del Pinar hubo una casa de Baños, que fué la que ocasionó la desaparición de las casetas de madera que sirvieron de descanso y veraneo durante mucho tiempo, si, mucho antes de la guerra, (hasta el año 1968) a la gente modesta y trabajadora de Castellón, hay que proseguir con la narración de los hechos que originaron y condujeron a la creación y aparición en Castellón del proyecto Costa de Azahar; y lo haremos como se hace en los cuentos.

Érase una vez…, allá por los años cincuenta y…pocos, que un buen día apareció en Castellón, un caballero llegado de tierras capitalinas, Madrid concretamente; decidido, emprendedor, dicharachero y con un proyecto bajo el brazo, que iba a cambiar por completo los modos y maneras de vivir de la sociedad castellonense.

Se instaló en un primer piso de la plaza Huerto de Sogueros, frente a la antigua Delegación de Hacienda y allí montó su cuartel general. Persona de buen comer, mejor beber, y amante de la buena música (allí escuché por vez primera el concierto para dos trompetas, de Vivaldi. Precioso de verdad), ya traía contactos y enlaces con las más altas personalidades, civiles, militares y eclesiásticas, de tal forma que, de la noche a la mañana, se introdujo en todas las esferas de la sociedad castellonense, o sea como se dice a veces, “el todo Castellón”. Su nombre: Don Ángel Pérez de Leza.


Hasta entonces conocíamos, la Costa Brava, la Costa Blanca, la Costa Dorada, la Costa Azul, la Costa del Sol, y otras costas, pero, en nuestra ciudad y por supuesto en el Grao, solo teníamos la playa del Pinar y la playa del Serrallo. Y pare usted de contar. Ah! también teníamos un pinar que era una delicia, pero eso no era suficiente. Se tenía que encontrar un nombre sugestivo, llamativo, que atrajese a la gente y convirtiese estas playas asilvestradas en un emporio para el turismo.

“Hoy, los tiempos adelantan que es una barbaridad”, según palabras de D. Hilarión, y se tenía que subir al tren del progreso, para no quedar rezagados. Renovarse o morir; y ¿quien mejor que D. Angel?. Nadie.

“Señoras y señores, tengo el gusto de presentarles mi proyecto de urbanización para Castellón: He aquí “La Costa de Azahar”

Maqueta del proyecto de urbanización con el campo de golf, playa con casa de baños, apartamentos Welt-Ring (los primeros que se hicieron en la playa), y el Hotel del Golf (Las casetas de baño deben desaparecer, ya que no armonizan con el entorno).

Las relaciones del Sr. Pérez de Leza con nuestras autoridades, fueron como una seda y una participación completa en la vida ciudadana. No había evento en que dicho señor no fuese invitado y estuviese presenta en cuantos acontecimientos sociales se celebrasen. Las obras tuvieron su normal desarrollo, y se llegó al fin con las inauguraciones del Hotel del Golf, de la casa de baños, de los Apartamentos Welt-Ring, del club y campo de golf. Con esto se terminaba el proyecto y comenzaba la realidad de la Costa de Azahar.


Estuvimos unos años conviviendo, las casetas de baño de toda la vida, con la emblemática Casa de baños, hasta que llegado el mes de setiembre del año 1968, no fue una máquina la que hizo desaparecer las casetas, fue un “ordeno, mando y quiero que se cumpla”, lo que realizó tal proeza.

Con la explotación y administración (hasta que fue traspasado a Dª Vicenta Calvet), ya les esbocé algo en un artículo anterior. Ni con la supervisión del Director del Hotel, ni con la contratación de camareras Bilbaínas, ni con la supervisión personal de un hijo del Sr. Pérez de Leza; el carro no iba de ninguna forma. Fue lamentable los medios empleados para darle la exclusiva, ya que la política adoptada para su explotación, necesitaba de sector de público más adinerado o más dispuesto que el corriente de Castellón, con posibles pero, ya nos conocemos, más conservador. La casa de baños nunca pudo suplir todo aquello que había desaparecido con las añoradas casetas.
En el artículo anterior ya les contaba la anécdota de las ensaladas, y hoy no quiero ser menos para contarles una treta, vivida “in person”, quien y como era D. Ángel, para conseguir sus metas.

El día que había que mostrarle la maqueta a las autoridades, con todo boato y solemnidad; entre ellos, había uno que era un aficionado a los toros, de los que no se perdía ni corrida, ni becerrada, ni capea que se celebrase donde fuese. Habiéndose enterado el Sr. Pérez de Leza de esta afición, cogió al maquetista y señalando un punto determinado en el panel, junto a la fábrica de abonos químicos (Industrias Químicas Canarias), propiedad de la familia Noguera, de Valencia, le dijo:

“Ahí me pones un redondelito, me pintas una bandera española y me pones un letrero que diga Venta España. Yo le cuento, que esto va a ser un tentadero y así lo convencemos mejor” (Estas dos últimas palabras aunque significan lo mismo, no son, precisamente, las que se dijeron, pero por respeto y consideración a los lectores he preferido cambiarlas).

Esta es otra de las muchas facetas que forman parte de la vida del Grao y por ende de Castellón. El tiempo siempre pone las cosas en su sitio y ahora añoramos aquella playa del pinar llena de dunas, en que las aves migratorias podían anidar, al mismo tiempo que los vecinos de Castellón gozar de las limpias playas, según declaraciones y opiniones de lectores de la revista “GRau” (nº2, pag. 3), dicho sea de paso, terrenos que fueron vendidos al precio de 0,25 céntimos de peseta (un real o quinset) el palmo.

Algo más sobre nuestra historia, ya saben y conocen. Además pueden ver en que estado estábamos hace más de 50 años. Así es que…a pensar y esperemos otro empujoncito para seguir con las crónicas.-

Texto y fotos de: Sergio Ferrer de Almenara
Reservados todos los derechos

Las Acequias en el término de Castellón - 2

Dejamos el capítulo anterior, relatando el camino sequido por la acequia de La Plana, recibiendo la ayuda fluvial de la acequia la Fileta, una vez ésta se refuerza con las aguas de la acequia de la Mota,vertiendo las aguas como la cuarta acequia de éste término.


La acequia Entrilles nace al final de la partida de Taxida, y es linde entre las partidas de Entrilles y Rafalafena; es la quinta por orden de norte a sur y ésta se ve influenciada en su cauce por la fileta Mangraners, la fileta Bandolers y Vilanova, hasta mitad de su recorrido, y hacia el final junto al camino del Serradal, se le unen la suma de las acequias de Rafalafena y la Catalana para una vez, atravesado el Pinar, la zona residencial y el paseo marítimo, deslizar su último suspiro en las arenas de la playa del Pinar.




Van ahora en sexto lugar, las dos acequias principales del Grao; la formada por las de Patos, de la Torre, y Durá, que conforman la del “Común de la Sal”, y las otras tres Censal, Borrasa y Mixtos, que unidas reciben el nombre del “Común de la Torre”.
"Las dos Golas mencionadas, son acequias por las que discurren aguas sobrantes de riegos, procedentes del río Mijares, (la del "Común de la Torre", que atraviesa la calle de Churruca), y la del "Común de la Sal" que desagua las aguas sobrantes y de desecación de terrenos pantanosos conocidos en la localidad con el nombre de marjales, que atraviesa la calle de Canalejas. Las dos desaguaban dentro del Puerto; para evitar aterramientos en éste, por razones de economía y por no establecer dentro de la zona de aquel la servidumbre consiguiente a la conservación de las dos acequias, fue indispensable proyectar su desviación para que desaguasen fuera del puerto, lo cual se consiguió uniendo las dos golas dentro de los terrenos del Estado, terraplenados por la Junta, prolongar en el mar 82 metros lineales de dicha unión dándoles salida a 68 metros del origen del dique de Poniente. El trozo que une las dos Golas tiene una longitud de 50 metros y pendiente de 6 milímetros por metro". El proyecto de la obra de desagüe fuera del Puerto de las Golas "De la Torre" y del "Común de la Sal", por un importe total de pesetas 88.837,--, se aprobó el día 25 de junio de 1909.


Viene seguidamente la séptima, en la partida que le da su nombre, la de Almalafa; reforzada por las aguas de la acequia Fábrega, a la que inmediatamente le sigue la Bellet como octava y la de Vinatxell, novena, ambas en la partida de Vinatxell, más al sur, todas ellas en terrenos anteriores a la Central Térmica y a la Refinería.


Como la décima y junto a la Central Térmica, dentro de la misma partida que las anteriores, está la escorrentía de Miralles; a ésta debo añadir la escorredera de Querol y la fila de Fadrell, que nacen y mueren en esta misma partida dentro de los terrenos de la Refinería.


Ya como oncena y última, hay que señalar la acequia del Arbre o Mitjera, acequia que nace en la partida de Fadrell, junto al camí de Tormos, y siguiendo su curso normal al Este, bordea la línea divisoria con Almassora, y al pasar junto a la Refinería, saluda a su eterna amiga la Font de la Barrassota, o Barasota, o Barlasota o Rabasola, o Barlaçota, ya que por lo menos por estos cinco nombres, si no es que ha habido alguno más, ha sido conocida en sus diferentes denominaciones a través de los tiempos, continuando hasta llegar al mar en la playa del Serrallo.


stas acequias que hemos conocido con una limpieza exquisita. Estas acequias que hemos disfrutado, no solamente nosotros sino nuestros antepasados, a quienes facilitaron la forma y manera de poder trabajar y dar auge a todos sus esfuerzos, que movieron molinos y maquinaria, que lavaron el cáñamo para los sogueros o “filaors”, acequias que previamente habían permitido su cultivo, y tantas bondades nos han facilitado en el curso de la historia, hoy las vemos en un estado que da, no pena, sino vergüenza, al ver el mal estado de conservación en que se encuentran y el lamentable estado higiénico que presentan, que no es aventurado asegurar que ya se ha llegado al final de la historia de la marjalería, en vista de de la ingente cantidad de casas, masets, villas, alquerias que se ha llegado a edificar en toda la Plana, con la anarquía en su construcción, falta de infraestructuras, servicios, higiene y todos los problemas de esta índole que se quieran añadir; ahora bien, de todas nuestras autoridades, desde hace muchos lustros y del color político que se quiera “quien se atreve a ponerle el cascabel al gato? (Léase el valor de los votos).

Esto es el precio que tenemos que pagar, y nuestra contribución al progreso. Y me atrevo a hacer esta pregunta ¿Valió la pena?.
Cada uno que responda per sé.
Planos Policía Rural de Castellón
Sergio Ferrer de Almenara


Las Acequias en el término de Castellón - 1

ACEQUIA.- Del árabe as-saqiya, la que da de beber, la reguera.

Zanja o canal por donde se conducen las aguas para regar y para otros fines.

Desde siempre, el término de Castellón, en su vertiente del litoral, que hoy podemos contemplar saturado de edificaciones más o menos vistosas, construidas por toda la marjalería, rodeados de caminos y acequias, ha sido lugar de humedales, que en el siglo XIII comenzaron los labradores Castellonenses a cultivar el arroz, que les producía pingües beneficios, pero fatales consecuencias para su salud corporal.

Alfonso II, Pedro II, y otros monarcas, hasta el año 1530, dictaron disposiciones más o menos severas, para atajar el mal de fiebres palúdicas que diezmaban el vecindario de Castellón, por dichos arrozales, hasta llegar a prohibir en absoluto el insalubre cultivo, dadas las mortales condiciones de trabajo, ocasionadas por las picaduras de los mosquitos que tenían su hábitat en este tipo de labranza, y a partir de entonces, reestructurar un nuevo y próspero cultivo, en los terrenos del "Lluent" del Grao. Desde esta fecha, se convierten estos terrenos en un nuevo cultivo alternativo. El cáñamo.

En la crónica manuscrita por Josef Llorens de Clavell, dice: "En el Grao o Playa del Mar, hay una Torre y muchas barracas en las que se recogen los pescadores; hay asimismo, casas o almacenes para Sal y Cebada, y otro mayor, para Cáñamo que se compra en dicha Villa para el Rey; que es de Don Félix Tirado, de donde se conducen de muchos años a esta parte treinta y seis mil o cuarenta mil arrobas, a las fábricas de Cartagena, Ferrol, Santander y otras, por tener bien experimentado que es el de mejor calidad y más fuerte que se recoge en España." ("Revista de Castellón", 15/9/1914).

Debido a la mejor calidad y cantidad del cáñamo que se conseguía en el “lluent del Grau”, además de las miles de arrobas destinadas a la exportación, como se detalla en el párrafo anterior, en el Grao había dos industriales “filaors” dedicados a la elaboración artesanal del cáñamo, orientados mayoritariamente a la industria pesquera, “cordes, cordells, y llanses per a palangres”. Uno estaba situado en el lugar conocido por “El Palmeral”, en la parte norte del Grao, junto a la vía del ferrocarril de la pedrera, en el camino del Serradal; y el otro, (para el primer lavado del cáñamo, recién cortado) estaba instalado junto a la acequia del Común de la Sal, al lado “dels llavaors”, acequia que atravesando el Grao desde la Partida de Patos, corre paralela junto al muro de la panderola, e iba a desembocar frente a lo que hoy es el Hotel Turcosa, que luego quedó dentro del puerto. Uno de ellos, fue Vicente Peris Trilles.

Asimismo esta producción de cáñamo, que es el de mejor calidad y más fuerte que se recoge en España, abastecía igualmente al Gremio de Sogueros de Castellón, (Gremio que se fundó en el siglo XV, y desapareció alrededor de los años 1940 (?), para la industria antes mencionada, y que, además de los géneros citados, vendía cáñamo a granel y trenzado para la fabricación de alpargatas, industria ésta que en los años de la primera guerra mundial, 1914 – 1916, representó una gran fuente de ingresos para los alpargateros castellonenses, por su abastecimiento de este calzado para las tropas europeas en enormes cantidades, en el citado conflicto.
Estos humedales estaban abastecidos por las diferentes acequias que recorren nuestro término, procedentes de manantiales (ullals) de agua potable, que de siempre hemos disfrutado, mientras no se ha hecho un uso indiscriminado y sin control, en la perforación de pozos, que a partir de los años cincuenta se llevó a cabo por toda la marjalería, lo que ha llevado a la desaparición de los manantiales y por ende de las acequias.

Las acequias a las que me refiero, existentes hasta los años sesenta, eran unas corrientes de agua limpia, clara, llenas de vegetación y vida animal, que se utilizaban, sin ningún inconveniente ni impedimento, para el riego de las marjales y para el disfrute de los marjaleros, tomando el baño en sus aguas, en los calurosos días del verano.

En ellas encontrábamos diversas especies de peces, como “llises, samarucs y burrets”, anguilas, tortugas, “renocs, granotes y gripaus”; gamba (que se utilizaba como cebo para pesca con caña, así como para los palangres pequeños), “petxinots”, y alguno que otro más. Respecto a la flora estaba representada por los “llixons, corretjola, joncs, bova, cales y lliris, senill y canyars”; de la familia de los insectos “torerets, pixavins de la fava rotja, femelletes, parots lletjos, carboners i altres”, que daban una sensación de vida y frescor, y junto con las frutas y hortalizas de cualquier índole que en ellas se trabajaban y conseguían, por las magníficas condiciones de temperatura y clima, era la envidia de cuantos foráneos nos visitaban.

Todo este esplendor huertano duró hasta los años sesenta, y la llegada de una nueva y formidable cosecha. El Algodón.

No se quien debió ser el iniciador e instigador del cambio de cultivo, pues fue casi por unanimidad los que pasaron de las frutas y hortalizas al nuevo y milagroso descubrimiento, que el tiempo demostró que fue nocivo y fugaz.

El primer año, que la tierra aún estaba acondicionada, dio una cosecha que, francamente, fue del agrado de todos, hasta que llego el momento, luego de recolectado el copo de algodón, quedó por recoger el resto de la planta. Esta planta, con el paso de los días se fue secando y fueron apareciendo unas orugas, las cuales, al principio nadie sabía de donde salían, pero en pocos días se dieron cuenta que procedían del interior de las cañas secas de la planta del algodón, en cantidades enormes hasta el punto de considerarlo una plaga, a la que en principio no se le podía hacer frente con los productos fitosanitarios normales. Hechas una serie de ensayos con productos varios, solamente se pudieron atacar con un insecticida a base de D.D.T. Así lo hicieron y efectivamente, al cabo de un corto tiempo, acabaron, no solamente con la plaga de las orugas del algodón, sino con todos los animales y plantas que hasta entonces habían poblado las acequias de la plana.

Las acequias del término de Castellón que desembocan en el mar, son, en orden de norte a sur, las de: L’Obra, Senillar o Canyaret, Travesera, Riu Sec, la Plana, Entrilles, Patos y Catalana, Almalafa, Bellet, Vinatxell, Miralles y Arbre o Mitjera.

La acequia de “l’Obra” es la primera, si contamos a partir del término de Benicassim. Esta acequia, que nace en el Molí la Font, recorre la partida de Bovar, siendo linde con la partida de la Font y desemboca en la playa, en el lugar que hace años estaba el destacamento de la Guardia Civil, conocido como la Casota de l’Obra.


A esta acequia afluyen, la acequia Mayor, que naciendo en el Azud del río Mijares, en Almassora, sigue por vía subterránea, hasta el Barranquet en la misma localidad, donde sale a la superficie y desde allí en el sur de la ciudad de Castellón, penetra en esta localidad por la avenida de Casalduch; sigue por las plazas de Fadrell y Borrull, continúa por la calle Gobernador, saliendo hacia el norte camino del Molí del Romeral, en la partida de Canet, y siguiendo hacia el este por la parte norte de la ermita de Sant Roc de Canet, llega a la partida de Coscollosa; allí se postra a los pies de Sant Francesc de la Font, y atravesando los terrenos de esta partida, la de la Font, sigue hacia el este, bien pegadita al linde con el término de Benicassim, estableciendo la conocida “Ratlla”, hasta que llega a la Avda. Ferrandis Salvador, y sin atreverse a cruzar la misma, hace un giro de 90 grados hacia el sur, para a quizás a menos de un centenar de metros antes de la desembocadura, unirse a la acequia de l’Obra y verter sus aguas en el mar. Hay una versión popular que sostiene que la acequia Mayor, tiene su fin en el Molí de la Font; ahora bien los datos de que dispongo están sacados del “Plano General.- Término de Castellón.- Partidas, fechado en Agosto del año 2002”, en la que se aprecia, sin ninguna duda, la trayectoria y la denominación de la repetida acequia Mayor.
Otra de las acequias que afluyen al l’Obra, es la Carrerasa del Bovar, que es el linde de esta partida con la de la Molinera; Molinera que se llama también otra de las acequias que vierten sus aguas en l’Obra, y por último un ramal de la acequia del Senillar.


La segunda acequia es la llamada del Senillar o Canyaret , que además de fluir aguas en la acequia antes citada, tiene suficiente importancia, como para constituir una con entidad propia.


La tercera es la Travessera, acequia que ella sola sin ayuda alguna, desde el Racó de Ramell, recorre su cauce pegada al camino de la Travessera, de quien recibe su nombre y, posteriormente sigue junto al Riu Sec, donde juntos desembocan mansamente en las aguas azules del Mediterráneo.



En la partida del Bovalar y al pié del Pantano, nace el Riu Sec, cauce éste generalmente seco, como su nombre pregona, pero agitado y violento en algunas ocasiones; sirviendo de linde con la partida de Marrada y tomando contacto con la Capital, junto al Cementerio y, siguiendo dirección este, se cruza en primera instancia con la acequia Mayor, y posteriormente, linda con las partidas de Canet, Ramell y Racó de Ramell, Brunella, la Mota y finalmente la Travessera para, como antes comentaba, llegar hasta la playa junto a la acequia de este último nombre.

La Plana, aparece junto al camino del mismo nombre, a mitad del término así llamado, recibiendo la ayuda fluvial de la acequia la Fileta, una vez ésta se refuerza con las aguas de la acequia de la Mota, circulando estas dos corrientes junto a los caminos de idéntica denominación, para una vez unidos a la Plana, verter las aguas como la cuarta acequia de éste término.


Aqui cortamos la narración de hoy, para no hacerla demasiado pesada y para que tengan la oportunidad de ver las restantes acequias del litoral castellonense.

Les esperamos en breve.-
Sergio Ferrer de Almenara, se reserva todos los derechos, como siempre.

1937 - 1938 - LOS REFUGIOS

A raíz de unas conversaciones mantenidas sobre el tema de los refugios antiaéreos, en Castellón, sobre las posibilidades o no, de poder habilitar alguno o parte de cualquiera de ellos, después de una restauración, acondicionamiento y puesta a punto, para que sirviese de conocimiento, para las generaciones actuales y venideras, de que forma y en que manera se tuvo que vivir y soportar aquellos años comprendidos entre 1936 y 1939.

Este inicio, dio pie para tratar otros temas vinculados al inicial, cuando ya nos dimos cuenta de que habíamos derivado hacia otros argumentos y de ellos salían acciones y personajes que creo que merecen ser reseñados con la mejor disposición y detalle, pues de eso se trata, ya que aun estamos en disposición de recordar hechos y nombres que avalen nuestros “cuentos”.

Lógicamente, al hablar de los refugios en nuestras calles, comentamos lo que supuso en su día, la cantidad de refugios antiaéreos que se construyeron en nuestra ciudad, unos públicos y otros privados y que aún hoy en día, continúan, no digo yo que “habitables”, pero si controlados, clasificados y localizados por los servicios municipales.

Hay que hacer constar que, estos relatos y estas vivencias, están procesadas por las experiencias y sensaciones de un niño que, en aquel momento, tenía ocho años y de ahí, que no se quiera sacar otras conclusiones, que no sean las adecuadas a una persona en esa etapa de su vida.
Pues bien, en uno de estos refugios, fue donde tuve que pasar el cambio de ser Zona Republicana a Zona de Franco, los días 12, 13 y 14 de junio del año 1938, más las diversas ocasiones que por las visitas de los aviones Junkers o Saboyas (alemanes o italianos procedentes de las islas Baleares) venían a nuestra ciudad o alrededores a bombardear los “objetivos militares” o bien cuando no, eran los barcos de guerra los que desde alta mar nos enviaban andanadas de proyectiles con los fines determinados.

Este refugio está ubicado en la calle, entonces de Pi y Margall y posteriormente y en la actualidad calle de la Trinidad, en el número 108; era propiedad del “Chato del Querido” (creo que se apellidaba Gómez) y habitaba la planta baja. El refugio tenía una de las entradas, en el mismo zaguán, de la puerta de la calle, y en la construcción del mismo colaboramos todos los vecinos del barrio que posteriormente tuvimos acceso al mismo, cada uno según sus posibilidades; quien picando con pico y escarpe, quien recogiendo con la pala, quien, como el que suscribe, subiendo capazos de tierra más bien pequeños, debido a la edad pero todo el mundo trabajando bajo la supervisión de quien, por sus conocimientos y jerarquía, así lo ejercía.

Vienen a mi memoria, varias de las familias vecinas que pasamos esa temporada conviviendo y los estoy recordando con toda claridad y entre otros, estaban:

Joaquín Cumba Badenes, dependiente de la tienda de tejidos de Cristóbal Valls.
Luis Bellés Ariño y Clotilde Beltrán, en una Agencia de Aduanas del Grao.
Enrique Marmaneu y Juana Abarca, zapatero remendón y encargado del mantenimiento de las botas de los jugadores del C.D. Castellón.
D. David Martí, de Morella, maestro, que estaba manco, y que por aquellas fechas tan ajetreadas en que ya no había ni escuela, nos daba clases “gratis et amore” a los chiquillos de la vecindad, y de quien recuerdo su caligrafía tan perfecta que tenía a pesar de su desgracia.
Federico, el tendero de “Ultramarinos y coloniales” (?), mucho letrero y pocas existencias.-
La familia Beltrán Arnau,
el sastre Pinto,
D. Salvador Mayor, agente de “Mac Andrews”, consignatarios de buques, Londres, etc.

Esos días, que tuvimos que estar metidos en el refugio, dados los movimientos de ataque y contraataque, por parte de uno y otro bando, que no permitían el asomar ni tan siquiera la nariz a la boca del refugio y que de cuando en cuando algún atrevido nos decía:

-“Ahora todo está en silencio”, o bien
-“Por la acequia mayor se oyen “pacos” (tiros)

En esos días y noches que allí pasamos, juntos, hacinados, en silencio, tensos como cuerdas de guitarra, haciendo “Chssssst” si alguno de los bastantes niños que allí había, lloraba por cualquier causa o simplemente por hambre; mal comiendo y mal bebiendo, en fin, mal al fin y al cabo. A mi madre, que estaba, con mi abuela y dos tías, al cuidado de cuatro vástagos que éramos, le dio una crisis de ansiedad que en principio se procuró mitigar con buenas palabras y consejos (cada uno decía lo suyo), al fin se complicó y, uno de los habitantes de aquella guarida, Agustín Cumba Badenes practicante, le puso una inyección con lo que consiguió calmarla.

Pasados muchos años aun no he podido aclarar: -“en 1938, en plena guerra civil, dentro de un refugio, careciendo de lo más elemental, en medio de una batalla, donde unos y otros iban y venían, pegando tiros y dejando una y otra vez, muertos por aquí y muertos por allá, ya que fueron muchos los que al entrar por vez primera los Nacionales en Castellón, salieron al grito de “Viva España” – “Viva Franco”, pero al contraatacar las fuerzas Republicanas, no les dio tiempo de esconderse y eran cazados como conejos, siendo la lista de muertos, por ambos bandos, de una cantidad considerable.

Pues bien en esas condiciones me pregunto: “Que caray!, ¿que medicamento tenía el “tío Gostinet” en la jeringa?. La única respuesta que se me ocurre, luego de 72 años es: que solo fuese agua” (y quiero pensar ¿sería al menos del grifo?). En fin por ello no murió mi madre, pues nos dejó en el año 2003, a los 97años de edad”.

Cuando se afianzó la conquista por parte de las fuerzas de Franco, fuimos saliendo con cautela, poco a poco, todos los ocupantes de los refugios con más o menos precaución y recuerdo que unas señoras que comentaban entre si:

-“Jo m'he deixat baix, per si de cas, el saquet amb algun “trasto” i les dos botelles d'aigua. Açò no se sap encara si s'ha acabat”

-“Yo me he dejado abajo, por si acaso, el saquito con algún “trasto” y las dos botellas de agua. Esto no se sabe aún si se ha terminado” y reacciones por el estilo, que delataban los diferentes estados de ánimo que flotaba en el ambiente.

Al día siguiente, en las aceras del Circulo Mercantil, de la calle Gasset, frente a la verja del jardín del Casino Antiguo, se montaron una enorme línea de mesas con manteles blancos, atendidas por señoritas del Auxilio Social, con grandes cantidades de panecillos, y creo recordar que bien chocolate o sardinas de bota (dependía del sector), repartían a la población que formaba larguísimas colas para conseguir alguno de los artículos citados. En el Grao, este reparto se instaló en lo que entonces se llamaba “el camp de la pega” y que no era otro solar (campo de futbol) que el actual grupo José Antonio, ubicado entre Avda. Serrano Lloberes y Avda. Sebastián Elcano, junto al jardín del Puerto.

Sucesos como este se podrían recoger, tantos, como personas fueron testigos de aquellas fechas, y fueron anécdotas vividas por todos y cada uno de nosotros y aunque muy parecidas, seguro que cada una tendría un matiz que las distinguiría una de otra. Lo que pido es que nadie tenga que experimentar “per se” estas vivencias.
Sergio Ferrer.- de "Grao siglo XX"



1937 / 1938 – La artillería de costa

Desde el principio de la guerra civil, Castellón quedó en la zona Republicana, y así quedó, hasta el día 13 de junio de 1938. Pues bien, ya en el mes de mayo la cosa estaba bastante alterada pues los rumores no eran todo lo satisfactorios que se deseaba, a pesar de los carteles, de los titulares de los diarios y todo cuanto pudiese facilitar sensación de, cuanto menos, estabilidad en los frentes.

En el Grao había un destacamento de Artillería de Costa, con base en los nidos de ametralladoras que había alrededor del faro, en la escollera de levante, donde había asimismo un cañón, debía ser, o algo por el estilo, para repeler los ataques aéreos que, procedentes de las islas Baleares, llegaban, y sobrevolaban el Grao, de cuando en cuando, en dirección a Castellón o algo más arriba, allá por la Alcora, Onda o cosa así. Estaba, este destacamento atendido por un oficial, un cabo y varios números de tropa, marciales y aguerridos y dispuestos a……., a pasárselo lo mejor posible con la gente del pueblo, ya que casi todos ellos, naturales y vecinos de la región (en aquella época no se había llegado todavía a la Comunidad, eso sería más tarde), valencianos, y algunos medio parientes por una u otra parte. Su ardor patriótico era como la frase que reza en toda la documentación al reclutar los soldados que decía. “Valor…”, a lo que se escribía a continuación “Se le supone”. Si no lo creen, lean lo que sigue:

Gregorio Matoses, arrocero de Sueca;
Froilán Torres, labrador de Xeraco;
Paquito Millet, estudiante ATS, de Alzira;
Enrique y Alberto Cabanilles, naranjeros de Gandia;
Pepe Falcó, contable de Pedralba, estos eran los nombres y profesiones de algunos de los artilleros que formaban el destacamento que cuidaba de la seguridad ciudadana y que por descontado que así lo hacían, y más si entre la ciudadanía había chicas en edad de merecer, entonces las atenciones se multiplicaban que era un contento.

Tenían estos artilleros su “Ranchería”, su lugar de concentración o su sede social, en la casa del Guardia del Pinar, casa que estaba como se supone, en los comienzos de la pinada, junto a la vía del tren que, saliendo de las cocheras del puerto, llegaba hasta la pedrera de “Les Serretes” que proporcionó toda la piedra para la construcción del puerto.

Aclaro estos detalles para explicar el porqué de uno de los muchos motivos y pormenores del trato que tenían las fuerzas militares con el pueblo, aquellas fechas, aquellas situaciones y aquellos motivos de que tanto, unos como otros, no éramos más cosa que personas.

Aquel verano de 1937, tuvimos una serie de visitas reiteradas de la aviación, que aconsejaron a muchos de los vecinos del Grao, a la caída de la tarde, salir hacia la marjalería para que cada uno se buscase la forma y lugar de pasar la noche en alguna de las muchas alquerías que había, y hoy en día las hay, diseminadas por todo el término municipal, ya que se consideraba y se creía estar más seguras que quedándonos en el casco urbano del Grao. Nosotros, nuestra familia, nos dirigimos a la alquería que “las Serapias” tenían un poco antes de la taberna de “las dos Banderas”, y para llegar hasta ella, al salir del Grao, caminábamos junto a la vía y por ella, después del palmeral, llegábamos al punto de destino, donde ya teníamos previstas las hamacas, “márfegas”, o lo que hubiese para pasar la noche, hasta el alba, que regresábamos al Grao para reanudar las tareas.

Y aquí es donde aparece la figura de los artilleros. La tropa estaba en su cuartelillo en la que fue vivienda del Guardia del pinar, junto a la vía, y precisamente al regreso de la alquería, por la mañana, pasábamos junto a ellos en el momento preciso que estaban en plena tarea del desayuno. Cuando tomábamos la curva que nos llevaba frente a las cocheras, en el puerto, desde ese momento ya percibíamos unos efluvios, “un flaire”, un aroma de café, o quizás de malta, o posiblemente de un sucedáneo, pero de algo que en nuestras casas no teníamos ya que el asunto de la comida estaba, mal, mal, francamente mal. ¡Como serían aquellos “terribles luchadores”, que cuando llegábamos a su altura, ya nos tenían preparadas para los niños, unas rebanadas de pan con vino y azúcar, que nunca he podido olvidar aquellos trozos de pan con que nos hacían las mañanas más dulces!

Se había llegado a un hermanamiento entre unos y otros, entre la gente del Grao y quienes vinieron como artilleros, se había creado un nexo que duraron muchos años las relaciones de buena amistad, no solo con ellos, sino posteriormente con sus mujeres, hijos y hasta nietos, hasta que la vida, por su discurrir inamovible se fue llevando a uno tras otro.

No quiero dejar de reseñar las valerosas actuaciones de los aguerridos artilleros en sus actuaciones contra el “enemigo”. Cuando sonaba la sirena del puerto, anunciando la visita de los aviones contrarios, se ponían a buen recaudo para no tener ningún problema y, cuando los aparatos ya pasabanpor encima del faro, regreso a sus bases, las islas Baleares, entonces, los soldados tomaban posición en sus piezas, soltaban unas ráfagas de ametralladora y tres o cuatro PUM¡, PUM¡ y con gritos de júbilo regresaban a sus puestos.

Años después, apareció Miguel Gila, el humorista que popularizó sus apariciones en escena, con aquella frase que comenzaba con “…oiga., ¿ahí es la guerra?”, siempre me recordó a mis amigos, los artilleros que en vez de municiones manejaban rebanadas de pan con vino y azúcar. Dios los tenga en su gloria.

Como complemento, reproduzco este fragmento de la “Cronología de la playa y el Puerto de Castellón, siglos XIII – XXI”, editada en mi libro “¿Desde cuando en el Grao?”, correspondiente a los años de la guerra civil.-


1937
Abril, 14
Día, del aniversario de la República.
El crucero “Canarias”, a primera hora de la mañana, bombardea el puerto de Vinaroz, con un alto porcentaje de aciertos, mientras el crucero “Baleares” bombardeaba el Grao de Valencia.

1937
Julio, 2
El Grao de Castellón, a media noche, sufre un intenso bombardeo por parte de buques de guerra franquistas.

1937 Octubre
El vapor ruso “ISADORA”, que estaba abarloado en el muelle de costa, con un cargamento de trigo, fue hundido a causa del bombardeo aéreo, que además del hundimiento del buque, causó numerosos destrozos en todo el recinto portuario, tanto en instalaciones como en infraestructuras.

1937
Dicbre, 26
Al amanecer comienza un bombardeo naval sobre Castellón, que tiene una duración poco menos de una hora, continuando esta operación frente a Burriana, de una duración e intensidad similar a la del Grao. Por la tarde, se traslada el bombardeo a Vinaroz, con el objetivo “las fábricas de poca importancia de la plaza”. Asimismo se centra el fuego sobre la plaza de toros, que se incendia lo mismo que una pequeña fábrica adjunta a la misma.

1938 junio,13/14
Las tropas del General Franco entran en Castellón y el Grao, luego de unos movimientos de entrada y retroceso de las tropas combatientes, lo que ocasionó numerosas víctimas en la población civil.

1938
Junio, 24
El crucero “Canarias” se acerca a las islas Columbretes, donde desembarca una patrulla que no encuentra nada más que un torrero, que aun conservaba izada la bandera republicana.

1938
Setbre, 3
La aviación roja bombardea el puerto, donde alcanza en la popa, al minador “Vulcano”, causando cuatro bajas y una veintena de heridos, hundiendo además un remolcador y un petrolero de poco tonelaje.

Sergio Ferrer, 73 años después.-
De mi libro "Grao Siglo XX"

1945 - El camí de la mar

Hoy he vuelto a transitar por el camí de la mar, o también llamado Avenida Hermanos Bou. Ha estado cortada al tránsito entre Castellón y el Grao, por motivo de obras durante varias semanas, quizás meses, con motivo de la confección de un cruce de esta Avenida/carretera con la nueva ruta que une la carretera general, con el acceso norte, al nuevo puerto para el tránsito de vehículos pesados.

Estos trabajos han dado otro mazazo, otro golpe de hacha a la Avenida Hermanos Bou o Avenida del Puerto, llamada según se la mire, bien desde Castellón o bien desde el Grao, hachazo que la ha vuelto a mutilar y que comenzó con la personalidad ya mermada por la tala de aquellos plátanos frondosos y enormes que como un batallón de centinelas, que comenzaban desde la misma calle Gobernador en Castellón, hasta frente Las Planas en el Grao, uno tras otro sin interrupción, daban escolta, frescor y sombra a los transeúntes motorizados, a vapor, a pedal o de tiro animal que por ella discurrían, bien por la vía, por la calzada o por el andén de peatones. El primer zarpazo se lo dieron el día en que a un buen Alcalde, no se le ocurrió mejor idea que instalar una línea de trolebuses por dicha avenida, cuando este tipo de transporte se estaba retirando de toda Europa por antieconómico, ineficaz y todo cuanto se quiera; pues bien, con la excusa de que los árboles eran un peligro para los vehículos que por la carretera circulaban, había que derribarlos, así, por el artículo catorce (por ejemplo), pero en su lugar y casi con la misma continuidad instaló enormes postes de hormigón armado de un diámetro parecido, sino igual al de los árboles derribados, para que sirviesen de soporte al tendido del cable que tenía que llevar la corriente eléctrica, para la tracción de los trolebuses. Lógicamente este evento y este invento duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio; los trolebuses desaparecieron de la circulación, nunca mejor empleada esta frase, más rápidamente del tiempo que se empleó en pensarlo, y no sabemos en cuanto se pudo cifrar esta aventura; eso si, los árboles de la avenida, con toda la hermosura, belleza y beneficios que aportaban y que sumaban muchos cientos de ejemplares, ya jamás se pudieron reinstalar ni recuperar. Los postes de hormigón siguieron meses y años, sin que aquellos supusiesen ningún peligro para los viandantes ni transeúntes.

Hoy me he dado cuenta al bajar hacia el Grao, de esa rotonda elevada que han instalado a mitad del camino, para dejar paso a la carretera que viniendo de la general lleva hacia la entrada norte del nuevo puerto. Al verla me ha producido la impresión de que han cortado el camino, ¡¡el Grau no es veu!! he pensado; han colocado una barrera que impide seguir hacia el Grao, puerto o distrito marítimo.

Son ya más de tres cuartos de siglo, los que llevo yendo y viniendo en un sentido o en otro. En verano o en invierno, en guerra o en paz, con un gobierno o con otro, da igual; Castellón estaba donde siempre y el Grao en el extremo opuesto; si, opuesto pero no contrario, opuesto porque estaba en el otro extremo del camino, camino que se recorría de punta a punta, recto como un hilo; desde el principio veías el final y desde el Grao veías Castellón. Sabías que uno y otro estaban allí, por que si, por que los veías, no tenias que adivinarlos como se hace en infinidad de pueblos que están detrás de aquella montaña o más allá de la siguiente curva.

No, el Grau está alla baix, ¿Es que no el veus?

A la Panderola para ir de la vila al puerto, no le hacía falta ni vía. La podían soltar en la estasioneta, con un ligero empujón y:

A córrer, cap avall ¡¡

La Panderola presentaba dos versiones. Una de ellas era la de transporte de viajeros y estaba montada, tras la locomotora, un furgón cubierto, para mercancías, y a continuación, bien cuatro o cinco unidades de pasajeros, pequeñas, o una o dos de las de tamaño grande.
Otra de las versiones era la de tren de mercancías, y estaba compuesto el convoy, por una o dos máquinas, según el número de vagones a remolcar y, seguidamente, los vagones descubiertos, de barandilla baja, propios para mercancías ensacadas o para el transporte de cajas de naranja, de aquellas de madera y un peso de 35/40 kilos cada una.

Nada mas salir, bajo el control del maquinista Castillo o bien Arias, y la ayuda del fogonero “el Peladilla”, echaba una ojeada, por su derecha, primero al almacén de hierros Viuda e hijos de José Bonet y enseguida le decía un adiós a Marino Ferrer en su fábrica de licores; seguía su curso junto a los almacenes de naranja de las incipientes calles de Ciscar y Lagasca y a continuación del Museo, seguía frente al Hort del Sort, de Manolo Tirado, hasta la Mitja Toronja, junto al Caminás; bajaba, siempre en línea recta, bordeando huertos de naranjos, pasando y cumplimentando al Ingenio, allá por la mitad del camino, y sin prisa, pero sin pausa llegaba al apeadero del camino de la Donasió, donde solía parar y el maquinista y el fogonero saludaban al tabernero, a Pepet Agost Farcha, quien desde su establecimiento, con la fachada de “cañiset”, les obsequiaba con “productos de la zona”; otro empujoncito, siempre en línea recta, y directos, pasando enfrente de la alquería de Pascualet Viciano, hasta el Olivaret, y frente al mismo estaba el Canyaret, donde pastaba el famoso “burro de les cinc potes”, allí ya se tenía el Grau a la mano. Solamente faltaba atravesar la carretera de Almassora, hasta donde la esperaba el Guarda agujas “Camañes”, quien según su propia versión tenía “cadena perpetua”, por que con una cadena cerraba el paso a nivel que atravesaba la carretera, y la Panderoleta entraba ufana y gallarda, bufando y resoplando, hasta pararse frente al edificio de la estación del Grao, donde bien Manuel Cumba, otras veces Facundo Vilar, la recibían y a golpe de silbato daban por terminado el trayecto. Este trayecto, en verano, hacerlo por la mañana, era una delicia, ya que todo el viaje estaba protegido del sol por el ramaje que los plátanos prestaban por encima del tren.

Ya una vez en el Grao, para retornar a la capital y variar de medio de locomoción, se podía disfrutar con un viaje en los autobuses de Soler. Eran estos autobuses de color rojo y blanco, un producto de la época, o sea de la guerra o de la post-guerra, que fue peor. Sin posibilidad ninguna para comprar material nuevo, los vehículos estaban hechos sobre chasis de camiones en mejor o peor estado, y montadas las carrocerías que los convertían en autobuses, en los talleres que Carrocerías de Pepet Sancho tenía en la calle Herrero de Castellón, donde pieza a pieza, artesanalmente, se hacían verdaderas obras de arte, teniendo en cuenta la escasez de medios reinante.

Un autobús, con una baca en la parte superior delantera, donde se colocaba la mercancía a granel y que generalmente se componía de cajas de pescado que las “pescateras” llevaban a la capital, y que algunas veces, seguido, seguido, sobre todo en los meses de verano, rezumaba que era un contento, el hielo fundido con que se refrescaba la mercancía, con gran descontento por parte de los sufridos viajeros. Viajeros que si había suerte tenían asiento y si no, se agolpaban en el pasillo central y en la plataforma trasera.

Tenían estos autobuses la salida en la avenida del puerto, frente a casa Turch o la Tasca, un poco antes de la estación de la Panderola, en la línea recta que dominaba la vista de Castellón en lo más alto; unos horarios que se procuraba fuesen lo más puntuales posible, pero en que llegadas unas horas determinadas, que las pescateras iban o regresaban a, o del mercado, se tenía que salir zumbando, ya que si alguna de ellas doblaba la esquina cuando comenzaba a salir y no paraba para esperarla y cargar las cajas correspondientes, con ese lenguaje propio que las ha caracterizado siempre, al chofer y al cobrador, menos guapo y bonito les llamaban de todo. Allí salía a relucir el padre, la madre, Sansón y los filisteos.

Comenzaba el viaje, lógicamente recto como un huso, hacia la Vila, despidiéndose del Grao al pasar por el Pañet y atravesando la carretera de Almassora, que le llevaba en el primer tramo hasta el Olivaret, que luego se convirtió en el grupo San Pedro. Ya este viaje había comenzado amparando al autobús en la sombra y frescor del ambiente, pues todo el tramo era un túnel de verdor que llevaba de principio a fin de trayecto. El firme de esta primera parte, que llegaba hasta el monolito del meridiano de Greenwich (continúa aún en su sitio) era un piso de hormigón y machaca que le daba una sensación de uniformidad, y que cuando se cambiaba al otro firme de adoquín puro, adoquín y nada mas, sentías una sensación de batidora o montaña rusa, o quizás todo junto, que solamente con la costumbre y repetición se podía combatir. De tal suerte era este tal “firme”, que la suspensión que portaban los autobuses estaban inspiradas en las primitivas carretas, poco más o menos, algo impresionante.

La segunda parada, la tenía en el maset de Esquerdo, un precioso maset propiedad del práctico del puerto D. Juan Esquerdo Zaragoza, que era la envidia de propios y extraños, y de allí, a volver a parar en la Venta del Camí de la Donasió. Otra de las paradas siguientes era en el Ingenio, así llamado por haber sido un ingenio de la industria azucarera castellonense en tiempos remotos, y hasta ahora, haciendo las funciones de distribución eléctrica y tenerlo como punto de referencia. Mitad del camino. Seguía el trayecto, sin variar el rumbo trazado a la salida, subiendo hasta la próxima parada de “El Crisol”; era “El Crisol” una pequeña fábrica de azulejos y cerámica artística, propiedad de los hermanos Juanito y Eduardo Soriano, en la parte de abajo en el “Caminás”, donde en la parte superior esta la “Mitja Taronja”. Allí trabajaron Carmen la Rovireta y Enrique Vilar, “el Amparrot”, entre otra gente conocida.

Arriba, arriba sin parar hasta llegar a la próxima parada, que estaba en el jardín del “Hort del Sort”, y, por fin, hasta llegar al final del trayecto, si algún pasajero no necesitaba parar en cualquiera de las calles de entrada en Castellón. Estos servicios estaban atendidos por chóferes como Pepe Olla, Enrique Benedito, Pepe Aznar, Soriano, Dapena, Alcaraz, Albalat, etc, y cobradores como Paco el Gordo, “Tarrós”, Manolo y Batiste Bacas, Palau, y otros, siendo los artistas de la mecánica, Nasio y Ximo Musoleta, y como aprendiz, Pepito Lacomba, de quienes tengo unos recuerdos inolvidables.

Este era el itinerario de aquellos autobuses, que en algunas épocas no disponían ni de gasolina, ya que iba racionada y tenían un cupo de pocos litros para el mes. Era la época en que la necesidad creaba sabios y tenían que idear, crear y probar todo lo inimaginable, desde combustibles vegetales, hasta el impresionante GASOGENO. Que no era otra cosa que un enorme recipiente situado en la parte posterior del vehículo, donde en su interior se encendía un fuego de madera, carbón vegetal, cáscara de almendra, aserrín, y todo lo que ardiese, y esta combustión producía un gas que se conducía hasta el carburador y de allí hasta la cámara de compresión del motor, para hacerlo funcionar, pero dadas las características tan pobres de este gas, cuando el autobús tenía que ir de Castellón al Grao, en sentido descendente, era divino, pues en punto muerto, casi se podía llegar, ahora bien, el calvario era a la inversa, cuando el coche (?) tenia que subir a Castellón.

¡Cuantas veces nos hemos apeado para empujar y ayudarlo a arrancar!. Lo bueno era que lo tomábamos como la cosa más natural y no se escuchaba ninguna queja ni nadie protestaba. Eran los tiempos y había que tomarlo como venía.

Y Castellón estaba allí¡¡.

Y el Grao estaba aquí¡¡, y se veía a través del túnel de verdor que formaba el interior de los plátanos que poblaban la carretera de Castelló al Grau, y nos costaba una hora corta en llegar a pié, bien por que no había servicio, bien por que era la época del gasógeno y subiendo a pié te ahorrabas el tener que pagar y empujar y llegabas casi a la misma hora.

¿Comprenden el porqué de mi disgusto al ver que nos han vuelto a alterar el trazado de la nostra carretera?. Sí, es cierto, habrá quien pueda pensar “Pues no es para tanto”.

Son muchos años, quizás demasiados años de estar mal acostumbrados a aquellas formas y maneras de vivir, simples, primitivas, sin demasiadas complicaciones; si dejamos de lado, que teníamos racionamiento; ¿qué era esto? Se preguntará algún lector.

Si dejamos de lado que para reparar el cuello de la camisa, había que cortar el faldón trasero de la misma y de esa tela se hacía un cuello nuevo.

Si dejamos de lado, que los domingos, por diversión, podías ir al cine en sesión de las 7.00 de la tarde, pues tenías que estar en casa “antes que den las diez”, (que Serrat aún no había compuesto).

Si dejamos de lado, tantas carencias que teníamos de lo que hoy se considera lo más natural del mundo, y, lamentablemente no se les da importancia.

Si dejamos de lado, tantas y tantas cosas, podemos llegar a la conclusión que tenemos derecho a recordar, a añorar y echar de menos esta clase de detalles,, que un día constituyeron nuestro modus–vivendi y aunque el tiempo pasado no es posible rebobinarlo, como si de un video se tratase, para poder meternos nuevamente en el, sí es posible entornar los ojos, mirar hacia el interior y disfrutar con el recuerdo, que es otra forma de recuperar el pasado.

Regresemos al hoy, volvamos otra vez a ver la rotonda elevada que han hecho en la Avenida Hermanos Bou, démonos cuenta de que la carretera del Grau ha quedado hecha una lástima, echémosle la culpa al gobierno, como siempre, de todo, y busquemos un nuevo motivo que nos permita proseguir nuestra afición de plasmar, en negro sobre blanco, las impresiones de cada día, para de esa forma, mantenernos distraídos y no caer en un hastío del que sería difícil salir. Pongámonos las gafas de sol, demos un buen paseo, sonriamos a la vida, que al fin y al cabo es nuestra meta diaria.



Sergio Ferrer de Almenara.- Reservados todos los derechos
Junio 2005

1936 - De la "Xamusa" a Mercadona

Grao de Castellón, fiestas de San Pedro, tienda de la Xamusa y barbería de Lorenzo Cumba

Hoy, día 15 octubre del año 2003, se ha inaugurado una gran superficie en este nuestro Grao. Se trata de una nueva sucursal de la cadena MERCADONA; cadena de gran difusión nacional, de origen valenciano, y que ha sido montada con todo lujo de detalles, disponiendo de un magnífico local, rectangular que le permite una perfecta y racional instalación y situación de sus expositores y una cómoda localización de sus productos.

Este párrafo anterior define la impresión que me ha causado al primer golpe de vista, el día que lo he conocido. Es la imagen idéntica que siempre he percibido en los varios establecimientos del mismo gremio que he observado, tanto en España, como allá donde los he visitado, en distintas partes del mundo.

A cambio de la espectacularidad en la presentación; de lo llamativo de sus carteles publicitarios; de la abundancia de género en sus estanterías, y de las “Rebajas”, “Ofertas” y “Saldos” que de uno u otro género se nos ofrece con profusión, en la mayoría de estas grandes superficies o Supermercados de los que disfrutamos hoy en día, tropezamos con la realidad que hemos comprobado y a veces forzado, que nos ha obligado, tras muchos intentos y desilusiones, a reconocer, y, no es otra que, tenemos que conformarnos con coger, o mejor dicho comprar, los artículos que hay en los estantes, sin pretender otro producto de la misma especie, pero de otra, talla, medida, color o peso, que el que está expuesto. No me refiero solamente a un mismo artículo de diferente marca, sino al artículo indeterminado (ej. camisa), que nos probamos un número que hemos gastado de continuo, y al comprobar que ese número nos viene un pelín corto, buscamos, para nuestra tranquilidad, la talla siguiente, que lógicamente nunca está, y que solicitamos a alguna persona uniformada, (si la podemos encontrar), y al final una vez localizada esta persona, casi siempre nos responde con la misma frase, que debe ser de obligado conocimiento en los formularios del examen de entrada, y que no es otra que aquella que dice:
-“Lo siento, pero no hay existencias”
o bien la alternativa que también resulta convincente:
-“Mire usted, este modelo es de talla única”,
con lo cual, al final o nos llevamos la que nos viene justa o nos tenemos que volver a casa sin la camisa que nos hacía falta o ilusión. Esto se puede hacer extensivo al pescado o bien a las gaseosas.

Tanto esplendor, tanta amplitud, tanta abundancia de elementos y a la vez, tanta frialdad y tanto alejamiento en el trato, me traslada a épocas anteriores, donde estos productos, arroz, sardinas, café, (rectifico) malta, longanizas, etc., se condensaban en una sola palabra: Ultramarinos; establecimientos éstos que se instalaban en la entrada de los propios domicilios, que generalmente eran atendidos por las propietarias de los mismos y los que habitualmente, el horario de apertura y cierre, era más bien arbitrario.

Eran estas tiendas de ámbito local y con un radio de acción sobre los vecinos que estuviesen alrededor de unos 300 o 400 metros, no más, ya que más allá de estas distancias se entraba en la zona o radio de acción de la competencia, por lo que a las propietarias no les quedaba más remedio que la mejor disposición y la mejor atención para sus clientes.
Solían tener una estructura muy pareja todos ellos; un mostrador de madera, con una blanca piedra de mármol en la parte superior. Encima de ella había invariablemente, la balanza, bien de dos platos de latón, brillantes como el oro, donde se colocaban las pesas en la parte izquierda y la mercancía en la derecha; llegaron posteriormente las balanzas mecánicas de marca Mobba, las que tenían una cabeza, triangular, parecida a una porción de queso con la punta hacia abajo, y donde en la parte superior de un lado al otro figuraba una escala numerada, que indicaba el peso, normalmente de un kilo, dividida con rayas numeradas equivalentes a un deci/miligramo, y una varilla que se movía a la derecha o a la izquierda, según el peso que soportaba el plato destinado a la mercancía. Esta misma cabeza por la parte opuesta tenía igualmente esta varilla gemela que determinaba el peso y debajo de la escala del peso, una serie de escalas calibrada, de menos a más importe en pesetas, por la que a la vista del peso medido, se hacia coincidir con el precio por kilo y se determinaba el precio de lo servido.

Había también encima del mostrador, el inefable molinillo de café; molinillo de aquellos manuales con un volante de considerable tamaño que se utilizaba para moler, cantidades de café que no solía exceder de los cien gramos, como mucho, si es que la materia a moler era café, (mientras hubo café) cuantas más de las veces se trataba de la inestimable malta, o sea, cebada tostada, la cual nos mantuvo abastecidos muchos años, durante y después de la guerra civil. La falta de café en el mercado, nos habituó de tal forma, que cuando se iba al Café o al Bar, se solía pedir “UNA MALTETA DE LA BONA”.

Objetos también obligados sobre el mostrador: dos lebrillos de
barro vidriados, uno para olivas y otro para los pepinillos, ambos con su agua salada para conservarlos, así como una lata redonda de atún en aceite y otra de las mismas proporciones para las anchoas, también en aceite, ya que era normal, para almorzar (a media mañana), se iba con una “rua” para comprar “mescla”, bien atún con olivas u otra alternativa que era las anchoas con pepinillos.

Otra de las cosas que no podía faltar encima del mostrador, eran dos botes de cristal, de boca muy ancha, uno encima del otro, en sentido horizontal, que lo mismo servían para guardar los caramelos de las muchas moscas que se podía disfrutar, que bolas de anises o bien las negras barritas de “puro-moro” (regaliz). Encima de una circunferencia de madera y tapado con una campana de cristal había medio queso manchego y alguna tienda con bastante clientela, tenía también “formatge tendret”, pues este género, en aquel entonces, sin cámaras, ni neveras, no se podía guardar mucho tiempo; asimismo, había, bien encima o bien frente al mostrador, la inevitable bota de sardinas de casco, sardinas saladas y prensadas, las que se consumían en cantidades considerables, por ser parte de la alimentación diaria.

Una pequeña bomba manual, alguna con medidor incorporado, era el mecanismo para servir el aceite de oliva (a veces bastante pudent) que podían comprar los clientes, que iban a la compra con su botella de gaseosa, cada uno, ya que el aceite era simplemente a granel, de la misma forma que para la compra de arroz, garbanzos, lentejas etc., grano en general, había que llevar un “saquet” para cada producto; ya que solamente para el bacalao, las sardinas de bota, y otros pocos productos, se utilizaba el papel de estraza como envoltorio normal en las tiendas.

Una cuchilla fijada al mostrador para el corte del bacalao salado, era otro de los aperos necesarios en toda tienda, al mismo tiempo que algún que otro bacalao seco colgaba de la estantería que estaba a la espalda de la tendera.

En la parte trasera una estantería, siempre de madera, en la que se apilaban, con bastante anarquía, los botes de fideos, arroz, azúcar y café, las pastillas de jabón “El Lagarto”, (estuvimos muchos años en que estos productos estaban racionados y por tanto alejados de los estantes), latas pequeñas de tomate, atún y anchoas, alguna que otra lata de mermelada, botellas de Coñac “Fundador” y “Soberano”, Anís del “Mono” y Aguardiente “Machaquito”.
Las longanizas secas y las morcillas, se colgaban de una “tacha” en la estantería o bien se guardaban en una “carnera”, para evitar el ataque de las moscas, como antes se cuenta.

Y como elemento higiénico – decorativo, no podía faltar en ningún establecimiento del ramo, aquellas tiras de color amarillo, metidas en un tubo de unos diez centímetros que se desenrollaban, se colgaban del techo y caían en cascada formando un tirabuzón de un metro de largo, y que tenían como objetivo atrapar a todo bicho viviente y volátil que circulase cerca de aquella materia pegajosa de que estaba recubierto. Aunque bien es verdad que todas aquellas moscas que se quedaban pegadas a la tira ya no iban a los demás géneros del comercio, no es menos cierto que aquellas tiras no se cambiaban con la prontitud que la higiene y el decoro aconsejan, de manera que en muchas ocasiones las susodichas tiras, no obstante, daban la sensación de que su color era marrón-pardo, por la cantidad de moscas atrapadas, que el original color amarillo en su estado primitivo.

A pesar de todas estas vicisitudes, de todas estas sensaciones de precariedad y carencia de medios, estas tiendas cumplían la función de regular el flujo económico del pueblo. Todas ellas tenían una libreta (y me consta, por que descendientes de alguna de aquellas tenderas aun las conservan como una reliquia de años pasados), libreta, digo, donde se anotaba el importe de la compra en las épocas que la pesca escaseaba, en las épocas que los trabajos portuarios estaban a la baja, o en aquellos dolorosos momentos que en la familia sufría la desaparición de algún miembro importante de la misma; momento duro aquel que por ambas partes se producía, cuando la compradora decía aquella palabra, tan corta, pero de tan gran significado “Apuntameu”, decía; solamente “apuntameu” y con esa palabra le daba a entender toda la tragedia por la que estaba pasando esa familia. También figuraba en aquellas libretas el importe del “gasto” que las barcas hacían en época de “fosca”, (estos gastos ascendían bastante más que las anotaciones a nivel personal), deudas que se saldaban cuando la pesca se restablecía o cuando los jornales de los trabajos portuarios se reanudaban. Por desgracia, si las condiciones no eran favorables, el grosor de las libretas aumentaba, a veces con unas dimensiones tales, que excedían de las posibilidades económicas del tendero y éste o ésta tenía que hacer seguir su escala de deudas ascendente (si éstos se lo permitían, no siempre), a los almaceneros de Castellón, entre quienes estaban los Vallet, Sancho, Navarro, Gimeno y Ortells, Farinós y alguno más. De esta forma se desenvolvía la vida económica, pues las entidades bancarias no aparecieron en nuestro distrito hasta el año 1950/51, siendo la Caja de Ahorros de Castellón la primera Entidad que abrió puerta, en el solar de la calle Buenavista, numero tres, al lado de lo que era la Comandancia Militar de Marina.

No creo que deje mucho más en las existencias de que podían disponer las tiendas del Grao, pues en la época en que está situada esta acción, en los años 1930/1950, no había mucho más que disponer ni que llevarse a la boca a pesar del buen apetito de que entonces disfrutábamos.

Estas tiendas tuvieron una época de normal funcionamiento, con existencias elementales de primera necesidad, hasta la llegada de la Guerra civil, en el verano del año 1936, fecha en que rápidamente comenzó la desaparición de casi toda la clase de productos por nulo abastecimiento de cualquier clase de materia. Comenzó entonces la época del estraperlo, que así se llamaba al contrabando a pequeña escala. Había estraperlistas de pan, de tabaco, de aceite, de jabón, de aceite de engrase y gasolina; de ruedas para los coches, en fin de todo. Todos ellos conocidos por todos, dada la corta población existente en aquellos años en el distrito. Recuerdo alguna persona de los que iban por la calle y estaban en cualquier esquina apoyados en la pared, que al paso de los peatones por su lado, con todo disimulo entonaban o silbaban una musiquilla que todos conocíamos, y cuya letra decía “Tengo pan, barritas y tabaco.....”, de esta forma, silbando o cantando, no se le podía acusar de nada, mientras nada anunciase.

Al finalizar la guerra civil, y estando toda España bajo el mando del general Franco, comenzó la época del racionamiento en todo el territorio español y por consiguiente en el Grao y Castellón. Previo de un censo identificativo de la población, se nos facilitó una cartilla por cada vecino, cartilla que constaba de una tapa de cartulina y unas hojas impresas y taladradas, en forma de cuadritos o cupones numerados, de colores diferentes y con las anotaciones de pan, café, arroz, azúcar, aceite, garbanzos, judías, lentejas y varios. Semanalmente, en la prensa del Movimiento, aparecía la noticia más leída de todo el periódico.- La del racionamiento. En ella venía a decir, poco más o menos:
“Esta semana y contra entrega de los cupones números 7 de azúcar, 9 de arroz, 5 de aceite y 6 de judías, se podrá retirar de los establecimientos correspondientes, la cantidad de 50 gramos por persona”

Efectivamente a partir del lunes, se formaban largas colas para acceder a los productos a que teníamos derecho esa semana, provistos de nuestras botellas para el aceite y los saquitos respectivos para cada otro producto. Las demás necesidades había que conseguirlas en el mercado del estraperlo y a los precios que el mercado negro pidiera. Lo más doloroso del caso era ver a algunas familias, más de las que se hubiese querido, que por falta de dinero, de trabajo y de nada que dar de comer a sus hijos, los padres vendían sus cupones de racionamiento a quien se los compraba, para poder tener alguna perra con que conseguir comida. Fueron unos tiempos y unos espectáculos que marcaron a las gentes de esa época de una manera muy peculiar.
Las cartillas de racionamiento fueron distribuidas por barrios a las tiendas más o menos cercanas, a las que había que ir necesariamente, pues así se había dispuesto, ya que una vez hecho el reparto correspondiente, a la semana siguiente el tendero, había que estampar cada uno de los cupones en unas hojas previstas al efecto, y el total de los cupones, tenía que coincidir con la cantidad de arroz y demás productos entregado, y devolver o justificar el resto. Una vigilancia impresionante. Pero como siempre, la picaresca española dio muestras de sutileza, de modo que a pesar de los controles establecidos, siempre había la posibilidad de escamotear algún resto o “solatje” que llevar a determinadas personas que pagaban su buen precio.

Un amigo, conocedor de este trabajo, me brindó este suceso vivido y sufrido por el mismo, que amplía e ilustra las condiciones de vida de aquellos años:

“Iba yo por Castellón, un día, y pasaba por la acera de Correos, con un saquito de café (de Guinea) al hombro, que contenía el “sobrante” del cupo de la semana, para llevárselo a Don (?), de quien éramos habituales proveedores y, justamente en aquel sitio, una avispa me picó en el labio superior, con tal fuerza y escozor que instintivamente solté el saquito y me llevé las dos manos a la boca. Lógicamente el saco, suelto y con el movimiento brusco de los brazos, cayó al suelo, rompiéndose el cordel que cerraba la boca y cayendo todo el café por la acera de Correos. Ya os podéis imaginar el efecto que produjo aquella lluvia de café y precisamente en aquella época. ¡La de gente que se acercó y cogía el café a puñados y se lo ponía en el bolsillo o donde pudiera!. Era lamentable, pero al mismo tiempo de sainete. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré solo, en el suelo, sin café y “en els morros unflats com un dolçainer, per la picá de la vespa”

Había una tienda, solo una, que podía atender las necesidades de las personas que por cualquier motivo, siempre justificado, estuviesen ausentes de su domicilio, en otras localidades y fuesen a buscar los alimentos en pueblos distintos. Era ésta la tienda de Transeúntes, y que en el Grao le correspondió a la tienda de la Xamusa, o sea que además de tener sus clientes propios del Grao, podía abastecer a los transeúntes, lógicamente siempre bajo un control severo, riguroso, y presentación de la cartilla y cédula (documento personal) correspondientes. Además de tienda de ultramarinos, la Tía Pepeta, en los meses de verano, ponía enfrente del establecimiento una mesita pintada de azul con el tablero blanco y a los lados, dos heladoras de aquellas cilíndricas, de madera y corcho, revestidas de alquitrán, donde a base de hielo picado y sal, se colocaba un cilindro de cobre, que lleno de agua de cebada o de mantecado, hacía las delicias de grandes y pequeños. El granizado de agua de cebada, lo servía a vasos y el mantecado, lo servía con galletas rectangulares que colocaba en un molde, una que servia de base y otra de tapa, molde que tenía una serie de muescas en la empuñadura que le daban al helado la dimensión requerida, y esta medida era la que determinaba el precio. Toda una institución, lo último en tecnología punta.

Otra de las tiendas que hasta la guerra estaba situada en la calle de Canalejas, frente a la “Xamusa”, era la de la “Sigronera”, (garbanzos, alubias, anchoas, bacalao, etc.), que llevaba la abuela Bendisió.

Había otros establecimientos que alternaban la venta frutas y verduras, con otras actividades, como podían ser, tabernas, verduleras casolanas, pero éstas no las contamos como en la plena actividad de Tiendas de Ultramarinos.

Luego, muchos años después, una vez se fueron abriendo las puertas de otras naciones hacia España, la situación, poco a poco se fue regularizando y desapareciendo el fantasma del Racionamiento que tanto tiempo duró.

A los fumadores también les tocó su racionamiento, pues las cartillas, las recuerdo, eran de un color verde, y con unos cupones rectangulares muy pequeños, y engorrosos de colocar luego en las hojas de liquidación.

Actual y felizmente los tiempos han cambiado; la población del Grao ha aumentado de manera imprevisible, la forma y manera de vivir, de trabajar, de relacionarse y comunicarse, no se parecen absolutamente en nada a lo relatado con anterioridad, y por eso mismo, las modas, usos y costumbres han pasado a mejor vida. Atrás quedaron aquellas tiendas, que al mismo tiempo eran centro cultural y de recreo, lugares de información y de noticia, donde se solicitaba y se ofrecía ayuda en momentos de angustia, en una palabra eran el centro neurálgico del Grao.

Solo me falta rendir un cariñoso homenaje a las tenderas y tenderos del Grau, que en las peores épocas pasamos juntos tantas dificultades, a las tabernas y casolanas que en alguna medida formaron parte del gremio de la alimentación, y a las tenderas que posteriormente llenaron los huecos que las veteranas dejaron. Vaya, pues todo mi cariño y recuerdo, condensado en estas líneas.

Como nota anecdótica quiero reseñar que Carmen Bernat Bastán (mi suegra), pocos días después de la llegada de las “fuerzas libertadoras”, el día 13/14 de junio de 1938, fue llamada al puesto de mando de una de las autoridades recién llegadas al Grao, y ante la carencia de establecimientos abiertos al público, aquellos primeros días, sugirieron la posibilidad de abrir una tienda frente a su casa. Así lo hizo y tuvo la tienda abierta alrededor de un año y medio, hasta que la propietaria de la casa regresó del “exilio”, (que como mucha gente en aquellos años sufrió en España), y se hizo cargo nuevamente del mismo, continuando en la actividad, hasta muchos años más.
Ultramarinos del Grau, años 1930 / 1960


AMALIA (Hija) Amalia Martí Juan, S. Elcano, 5
AMALIA (Madre) Amalia Juan Roca, Canalejas, 7
BENDISIÓ Vicenta Trilles Arnau, c/ Canalejas, 57
CACAUERA Paca Ortiz Rochera, c/ Alegría, 27
CACAUERO Josefa Ortiz Ramos, c/ Canalejas, 33
CARAGOLES Fcº y Serafina Senent Cardona y
Carmen Rovira Ruiz, Plaza Mercado, 18
CARICH Tomás Torrent Fabregat, Canalejas, 28
CAYETANO Cayetano Mora Catalán, Pl. V Carmen
GORRIXES María Beltrán Clausell y Carmen Sanz Bomboí, c/ Canalejas
LOLA Lola Forés Vilar, Plaza Mercado, 16
MIGUELITA traspaso de “CARICH”, c/ Canalejas, 29
PELAT Bautista Forés Iñiguez, c/ Churruca,
PIÑÓ Fcº Juan Roca y Consuelo Serrano,
c/ Albareda, 3
ROGELIO calle Canalejas esquina Pl, Virgen del Carmen, traspasado a “les Gorrixes”
TORTOLILLA Teresa Vilar Llorens, calle Barceló, 47
TRES BANDERES Camino Serradal - Camino La Plana
TRINI Julio Aiza, c/ Alegría, 26
XAMUSA Pepeta Piñana Montoya, Pl. Vgen. Carmen

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Sergio Ferrer de Almenara.- Texto y fotos Reservados todos los derechos